El mundo está herido; no se trata de lo malo que es aquella persona o esa corporación que trata de obligarnos a ser perfectos para demostrar nuestro valor.
El valor que tiene estar ahí, en el momento de más vulnerabilidad para aquellos que quieren salir al mundo, es único. En su vida tendrán muy pocos momentos en los que tendrán todo el potencial de quien pueden ser y el hambre para lograrlo.
No se trata de dudar si gasto en esta persona que no sé si pueda lograrlo, asumiendo ya de entrada una mentalidad de pérdida. O creer que por enseñarle lo que yo sé, puede quitarme lo que tengo o abandonarme. Debemos amar, y el amor, como el de un padre, no busca que los hijos estén ahí por siempre; busca que los hijos sean capaces de salir, que tengan la fuerza y confianza necesarias.
Es invertir, no solo dinero. Se trata de interesarse realmente por esa persona en la que invertimos, no para sacarle rendimientos y exprimirla. Se trata de verla crecer y ayudar en ese proceso.
Y tal vez no recibamos nunca dividendos, pero como una empresa, si es capaz de sostenerse por sí sola y solucionar un problema del mundo, logramos aportar para mejorar el mundo.


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