La prisión convertida en palacio mental. Durante nuestra corta estadía en este mundo, llegamos sin conocer absolutamente nada de él; empezamos a explorarlo, al principio, con una curiosidad pura. Pero a medida que lo conocemos, nos empezamos a identificar con el mundo, nos sentimos parte de él y empezamos a adoptar las mecánicas de vida, algunas veces con un poco más de dolor, pero todas dolorosas.
Cuando vamos acumulando las experiencias de tipo mundano, es entonces cuando sentimos que somos libres porque llegamos a conocer tan bien la mecánica y la casa que se hace más sencillo vivir sumergidos en ella. Sin embargo, el dolor no se fue a ningún lugar, solo nos acostumbramos a él o lo tratamos, pero solo como síntoma; nunca nos preguntamos siquiera cuál era su causa.
Al final, si mis seres amados también lo ven como una casa, ¿por qué sería algo diferente? Si se siente tan cómodo y acogedor, debe ser una casa; si parece que puedo decorarla y amueblarla a mi gusto, definitivamente es una casa.
Una casa sí es; sencillamente no te has detenido a respirar y ver más allá de sus ventanas.
En realidad nos encontramos en una prisión, y la única forma de darnos cuenta es saber que hay algo más allá, querer y lograr salir aunque sea por un breve instante, y verás que por fuera deja de ser esa casa que creías bella; afuera la verás como la prisión que es.
Pero ¿y si es una prisión, por qué podrías salir? Tú eres el guardia y a quien no permites salir es a tu alma.
Para que tu alma pueda salir, tú tienes que morir.
EM1 - D5


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